Un grito revolucionado

Cuando se cumple 81 años del día en el que se proclamó la II República de España, curiosamente llega el Rey, y se pone a matar elefantes. Es curioso, sí, pero también demagógico, y oportunista. En todos los medios y redes sociales, se escucha un grito a favor del estado republicano, todo el mundo está en contra de la monarquía, que lleva meses - según cuentan - echándose piedras sobre su propio tejado. Dinero público, alzamiento de bienes, prevalicación, y también ética y moral. Asuntos así de turbios merodean por los jardines de Palacio, últimamente. ¿Qué ocurría antes, o qué va a ocurrir a partir de ahora?

El hecho que en cierto modo me preocupa es el siguiente: ¿realmente la población española quiere una república o es simple ímpetu movido por la sangre caliente? Porque si algo, en general, nos caracteriza, es lo que yo llamo “síndrome de la oveja merina”. Esto es, sin más, el dejarse llevar por las circunstancias y virar cual veleta al viento.

Me preocupa en cierto modo este malestar general, no por quien realmente esté molesto, o indignado con una monarquía que lastramos desde hace más de 50 años (contando desde que Juan Carlos fue “entrenado” por Franco), sino por algún grupo que sea de mucho hablar y poco hacer. ¿Nadie recuerda ya el tan sonado Juancarlismo? Porque antes nadie se atrevía a proclamarse monárquico, sino eso. Ahora lo que muchos no se atreven es a apoyar a los Borbones del siglo XX y XXI, no por convicción sino porque “no está bien visto”. Y lo dice una republicana, no para apoyar la monarquía sino para gritar y decir “¡vamos! ¡Si realmente queremos, demos el paso!”. Esto no es cuestión de una revolución armada, que es lo que muchos asocian al nombrar revolución. Nuestra revolución puede ser, y es, una revolución popular, cultural, judicial. Incluso más allá, esto debería ser una revolución de amor, de ese amor por lo justo y necesario, por un mundo en el que decidamos lo que queremos, y no nos lo impongan a la fuerza.

Este es uno de los pocos países en los que está estereotipado: si eres republicano, eres rojo. Y no es así. En una república simplemente se elige al jefe del Estado por la vía democrática, suponiendo que éste sea más conservador o más liberal, siempre en base a lo que decida el pueblo. Esa banal idea habría que desecharla cuanto antes, porque ya es absurda después de tantos años.

No es que me haya vuelto loca, y ahora pretenda escribir a favor de la monarquía. No voy por ahí. Escribo, o al menos lo intento, a favor del convencimiento final sobre hacia dónde vamos, hacia dónde podríamos ir. Y qué bonito sería si el pueblo nacional realmente sí quisiera todo esto, y no fueran palabrerías. Porque yo sí apuesto por una república democrática, que funcionaría para todos los hombres sin importar su ideología, género, condición o religión.

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