Padre nuestro, de todos nosotros…

Padre nuestro, de todos nosotros.

De los pobres, de los sin techo,

de los marginados y los desprotegidos,

de los desheredados y de los dueños de la miseria,

de los que te siguen, y de los que en tí ya no creemos…

Baja de los cielos, pues aquí está el infierno.

Baja de tu Trono, pues aquí hay guerras, hambre, injusticias.

No hace falta que seas uno y trino;

con uno solo que tenga ganas de ayudar, nos bastaría.

¿Cuál es tu reino? ¿El Vaticano? ¿La banca? ¿La alta política?

Nuestro reino es Nigeria, Etiopía, Colombia, Hiroshima…

El pan nuestro de cada día son las violaciones, la violencia de género,

la pederastia, las dictaduras, el cambio climático.

En la tentación caigo a diario. No hay mañana en la que no esté tentado

de cread a un Dios humilde, justo.

Un Dios que esté en la tierra, en los valles, en los ríos.

Un Dios que viva la llucia, que viaje a través del tiempo,

y acaricie nuestra alma.

Un Dios de los tristes, de los homosexuales.

Un Dios más humano.

Un Dios que no castigue; que enseñe.

Un Dios que no amenace; que proteja.

Que si me caigo, me levante; que si me pierdo, me tienda su mano.

Un Dios que si yerro, no me culpe, y que si dudo me entienda

pues para eso me dotó de inteligencia, para dudar de todo.

Esto es un fragmento de “La cantata del Diablo”, canción del grupo madrileño Mago de Oz que al final de la pieza reza estas palabras. Y yo personalmente no le dedico tales críticas a Dios, como ser inmaterial y omnipotente. No se lo dedico a la fé de quienes creen y a quienes respeto si sus creencias son de buena intención. No se lo dedico a los que llevan sus creencias con humildad, privacidad y sentido común. Tampoco se lo dedico a quienes creen en Dios de un modo lógico, ajenos a lo material. Esto, va dedicado al Dios del Vaticano. A Dios manipulado por y para el lucro de la mayor empresa a nivel mundial: la Iglesia Católica.

Una empresa que desde sus inicios, y a golpe de fusta y penitencia de silicio, han expendido la hipocresía, el pecado del mundo, la desvirtuación, el colonialismo y la desigualdad… la sangre que ahora critican de otras religiones. Aquellos que en vez de evangelizar, han hecho de muchos, incluída yo, alejarnos del opio del pueblo que en numerosas ocasiones mansa a los desprotegidos y da esperanza a al humanidad desde el comienzo de la Existencia.

Jesús, profeta del bien y del socialismo, aquel que según cuentan no ostentaba riquezas, es ahora la razón y excusa de la acumulación onerosa del clero. Encabeza a una organización mafiosa, que nos quiere dominar y controlar con la ley de “haz lo que yo te diga y no lo que yo haga”. Y es muy triste, además, que últimamente en los medios de comunicación salgan a la luz temas que todos conocemos de buena tinta, y en vez de disculparse sigan azotándonos con su cinismo.

Muchos creen que todo “rojo” es ateo, si bien lo he sido gracias a ellos, a los culpables de mal en la Tierra, a los primeros capitalistas. Pero yo creo en Dios, no en el Dios que esas primeras palabras citadas critica, sino en el Dios que desean. El que debería tener la Iglesia. El que verdaderamente hacía del mundo un mundo más social, plural, solidario, cooperativista y bueno. Creo en el Dios de otras religiones que según el Vaticano no son reales, pero que realmente predican una verdad más humana. Y en el Dios que no es manipulable, porque bien cabe decir que al final, humanos interesados los hay de uno a otro confín del planeta, y que la hipocresía se levanta en todos los estamentos religiosos. Creo en la esperanza por ser buenas personas, en la utopía hecha una realidad bajo una mano invisible, pero solidaria.

Y por ello, le pido ese, mi Dios, y no el de otros muchos, que tenga misericordia de la Iglesia como organización material, porque verdaderamente no sabe lo que hace…

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